Soy como un soldado al servicio de la corona, algún rey desconocido, de esos que no figuran en la historia, magno en demasía para publicarse en libros de texto gratuito. Es cierto que estamos en guerra, en todo momento, aun sin adversario ni munición alguna. Somos fieros combatientes, pero no tan drásticos como debiéramos, al fin, cada pueblo desea dominar a los otros al creerse benefactor de las verdades más ciertas, pilar de la estructura económica y social más diestra, siendo ignorantes deliberados de los mecanismos administrativos. La duda de poseer la certeza absoluta da lugar a no tomar la determinación de efectuar un ataque contundente, con suficiente estruendo como para sacudir las tierras de oriente. De otro modo, no nos creemos tampoco del todo errados, por lo tanto, tenemos que prepararnos para repeler la amenaza más hostil, para combatir los desfases de los faltos de razón, grupos de forajidos y bárbaros que han de colapsarse al encontronazo contra nuestras murallas, al rechazo constante de los escudos estoicos.
No podemos ser pacifistas, lo son las tribus aisladas que no desean aportar nada, las que desde antaño abrazan la extinción de su prosapia excluida por decisión propia, pero nosotros tenemos la obligación histórica, épica, de proteger las ideas colectivas, lamentablemente mediante el uso del acero, la pólvora, en concreto, haciendo uso del arte de la guerra, de las armas.