24 septiembre 2008

16 de septiembre. Dos mil ocho.

Habrá que preguntarse si hay motivos reales para celebrar ¿es congruente la celebración, el jubilo, la algarabía entre la gente cuando se mantienen ajenos, indiferentes a la situación gestada el domingo y prolongada hasta la madrugada del lunes?


Luces, cohetes, explosiones artificiales; podemos pedir utilería a los amotinados en la penitenciaria de la ciudad o bien, enviarles nosotros las bengalas y los artefactos pirotécnicos para continuar con la masacre.


La celebración sincera no es la del grito a pecho abierto los nombres de los héroes ínfimamente conocidos ni el brincoteo de la sustancia alcohólico en el cuerpo de la botella. La rectitud en los actos, la conciencia de los fines simultáneos que alberga cada integrante de la comunidad perteneciente y el esfuerzo continuo por el desarrollo individual que a la par impacte el progreso colectivo, ese realmente es una forma de refrendar la lucha de independencia, independizarse de las tinieblas y la bruma ignorancia que sublevan a los pueblos.


El grito silencioso del “Viva México” cuando la gente se une en la ayuda de los hermanos mexicanos heridos en la revuelta, fuera de ellos, el grueso sólo son seguidores del bullicio.


No es momento de permanecer estáticos mirando el cielo buscando las nubes de luz; hay que bajar la vista a los sucesos, a la realidad de la que hasta el momento somos pasivos espectadores.

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