Continuación.
Ser parte de la caballería no tiene en mí el fin práctico de degollar al enemigo, me permite identificar a los hombres de la cuadrilla adversaria que pueden aportar conocimientos a la ciencia factual y a las artes oscuras del pensamiento, por tanto, el caballo me es sólo un medio refinado para llegar a él antes de que lo hagan las flechas elaboradas por el carpintero de mi tierra.
Ahora funjo como expedicionario, bordeo las estampidas de jinetes e infantería que se despeñan entre los fusiles, las bayonetas y el pecho de los caballos. Busco a los revolucionarios en el preciso momento en que van a morir, en el que se cubren con la sangre de la vida, cuando los linajes son desgarrados, pues en esos instantes sus ideales resplandecen sobre el sudor del combate, como si se hubieran empapado en la idea de ellos mismos y del sueño irrealizable.
Perseguidor también de almas que se esfuman a penas me acerco a tres ráfagas de polvo de su posición, de cadáveres espontáneos que dejan a medias su tesis y detienen el habla con el punto final de la muerte, a veces en la agonía de los puntos suspensivos que en un momento determinado han de detener su lastimosa prolongación, cuando la lanza del héroe se incrusta en su espalda y viene a mi la conciencia de que el enemigo no es el ideal de la nación vecina ni el culto a sus dioses, mucho menos los ritos funerarios, si no los elementos errados de mi propia metrópolis.
Estoy pensando en la viabilidad funcional de una guerra civil.


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