24 septiembre 2008

¿Y yo qué culpa tengo de quererte?

A veces se asusta con la muerte poética, otras ni se inmuta, indiferente le eres, lo dicen sus ojos, ¡oh! cuanto dicen.

- Muere, extínguete, desaparece, hoy no me importas, quizá mañana te llore y corra con el llanto en los parpados a intentar desenterrarte, encontrarte bajo el polvo, el olvido, el tiempo; tal vez me coma las uñas hasta el cuello del dedo y te entierre para siempre a las dos horas, cuando me visite irrumpiendo por la ventana, las memorias resucitadas.

- No es que pensase que así lo hicieres, solo quería desahogarme con tu desprecio.

16 de septiembre. Dos mil ocho.

Habrá que preguntarse si hay motivos reales para celebrar ¿es congruente la celebración, el jubilo, la algarabía entre la gente cuando se mantienen ajenos, indiferentes a la situación gestada el domingo y prolongada hasta la madrugada del lunes?


Luces, cohetes, explosiones artificiales; podemos pedir utilería a los amotinados en la penitenciaria de la ciudad o bien, enviarles nosotros las bengalas y los artefactos pirotécnicos para continuar con la masacre.


La celebración sincera no es la del grito a pecho abierto los nombres de los héroes ínfimamente conocidos ni el brincoteo de la sustancia alcohólico en el cuerpo de la botella. La rectitud en los actos, la conciencia de los fines simultáneos que alberga cada integrante de la comunidad perteneciente y el esfuerzo continuo por el desarrollo individual que a la par impacte el progreso colectivo, ese realmente es una forma de refrendar la lucha de independencia, independizarse de las tinieblas y la bruma ignorancia que sublevan a los pueblos.


El grito silencioso del “Viva México” cuando la gente se une en la ayuda de los hermanos mexicanos heridos en la revuelta, fuera de ellos, el grueso sólo son seguidores del bullicio.


No es momento de permanecer estáticos mirando el cielo buscando las nubes de luz; hay que bajar la vista a los sucesos, a la realidad de la que hasta el momento somos pasivos espectadores.

04 septiembre 2008

Ethos.

La raíz del término Ética y a la par la significación de su concepto, surgen en la edad antigua.

Inicialmente el ethos era utilizado para referir la morada de las bestias, posteriormente se adoptó para enunciar el sitio donde el hombre se protege de la intemperie, proporciona estabilidad y seguridad.

Heráclito menciona al ethos como el espacio anímico, la interioridad del hombre. Según Aristóteles el término se vincula a la costumbre o la acción entendiéndose como conjunto de acciones. Por su parte, Platón lo designa como carácter que dota de identidad al individuo. Finalmente, Sócrates lo establece como la conciencia moral, la voz interna.

González, Juliana. El poder de Eros. México: Paidós, 2000.

03 septiembre 2008

Estética escrita.

Fue el fatum el que en la noche más ofuscada me permitió encontrarme con tu imago y la safeneia de tu mirar. Es tu léxis un praqma de charis, enarqcia del cathoros en la te envuelves, en el cual te revistes.

Persuade a mi physis de escritura la ekplexis producida por la aisthesis de nuestra armoniosa symmetria.

Eres la epipnoía total, el hyle de la obra de la belleza, la euritmia en el cosmos, tus hypsos dotes son poikilia del encanto, ananke sería no haber aparecido en aquel sitio cuando el kairós así lo designó.

Ente.

Del ser emergió el ente, como queriendo ser cosa distinta, sustancia sublime, esencia suprema, y no discernía que al dividirse, aislarse, segregarse de la totalidad, había perdido la única condición que le concebía perfecto.

30 de Agosto.

Un tipo improvisador de símbolos, derrotado y sudoroso bajo la gabardina excéntrica en la esquina de la última mesa del festival, aparentando a un espantapájaros en la cortina de bugambilias.

Que mundos tan distintos se gestan en los centros de mesa, en la de al lado: los alegres, los parlantes, los bohemios.

Los ebrios de visiones entre el alcohol recurrente, el siempre puntual invitado, riéndose de cada fonema, morfema, de cada usual mueca.

Quiero sentirme sólo en compañía de los ajenos, para al volver a mi morada y estar realmente sólo, pueda distinguir entre la soledad de ellos y la mía.